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                          Libros para Navidades



                          Después de los Restaurantes para Navidades y las Películas para Navidades recomendados por las personas que han pasado por el Homenaje a los blogueros, hoy miércoles cerramos estos recopilatorios con los Libros para Navidades. Seguro que muchos aprovecháis para leer lo que no habéis podido en otros momentos del año.

                          Aquí van los libros elegidos:

                          El corazón helado de Almudena Grandes. Historia particular que sirve para lo general. Punto de análisis objetivo sobre una parte de nuestra historia / Recomendado porFátima Martínez López (@fmlopez48).

                          Carisma de Grad Marcía; para aquellos que en algún momento se nos olvida creer que dentro de cada uno existe energía para proyectar lo mejor de nosotros mismos; lo que se debe es creer en ello y ponerlo en práctica / Recomendado por Ana Sequea (@anasequea).

                          La meta de Eliyahu M Goldratt y Jeff Cox; libro que recomiendo a toda persona presente en una empresa sobre el proceso de mejora continua, y más aún para aquellos a los que en ocasiones la producción (pedidos, entregas) puede traerlos de cabeza / Recomendado por Ana Sequea (@anasequea).

                          La historiadora de Elizabeth Kostova, ahora que están tan de moda los vampiros es una forma distinta de acercarse al mito de Drácula / Recomendado por David Soler (@dsoler).

                          La libertad primera y última de Jiddu Krishnamurti, porque te abre los ojos a nuevas formas de pensar y ver el mundo de una forma que choca frontalmente con todo nuestro conocimiento anterior / Recomendado por Gonzalo Álvarez (@artepresentar).

                          El señor de las moscas, de William Golding. Muestra la decadencia y falta de estructura social en una situación extrema / Recomendado por Begoña Gamonal (@gamonalb).

                          El mundo de Sofía de Jostein Gaarder porque me llevó por un viaje relajado a paisajes que desconocía o me eran muy áridos. Suelo ser bastante práctica / Recomendado por Mari Cruz Gomar(@cruzcoaching).

                          CRUSH IT es de Gary Vaynerchuk. Está bastante enfocado a cómo hacer dinero a través de tu pasión, y como social media puede ayudarte a lograr ser reconocido mostrando que eres el mejor haciendo lo que nadie más que tu sabe hacer en esta vida / Recomendado por Beatriz Mena (@beamena).

                          Los pilares de la Tierra de Ken Follet, porque es un conjunto de buenas cosas, buen libro, entretenido… / Recomendado por José Luis del Campo (@joseldelcampo).

                          Ficciones de Jorge Luis Borges. Recoge relatos llenos de magia. Es fácil de leer, es un juguete magistral de la literatura / Recomendado por Juan Diego Sánchez.

                          El hombre en busca de sentido de Victor Frankl, por la experiencia que cuenta en primera persona y todo lo que podemos aprender de él / Recomendado por Amalio Rey (@arey).

                          El principito, de A. Saint-Exupéry. Fue mi primer papel encima de un escenario, y me enamoré del personaje. Cada vez que leo el libro aprendo cosas nuevas. Es infinito / Recomendado por Alejandro González Pozo (@agonzalezpozo).

                          Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Es una autora capaz de explicar por qué sus personajes se comportan como lo hacen aplicando para ello un grado de análisis de las cualidades humanas realmente admirable. En memorias de Adriano, por ejemplo, uno aprende a conocer íntimamente a los personajes. Me parece formidable / Recomendado por Josep Julián (@josepjulian). También recomendado por Fernando López Fernández (@ferlopfer): Además de estar escrito estupendamente, encierra en sus páginas interesantísimas reflexiones sobre la naturaleza humana, sobre el poder… que son pequeñas perlas de sabiduría.

                          Cualquier libro de Osho cuyo título te diga algo. Creo que hay algo más allá de las palabras que te llegará al corazón y te cambiará / Recomendado por Alberto Barbero (@albarte).

                          Héroes Cotidianos de Pilar Jericó, porque es un verdadero manual para vencer los obstáculos que nos pone la vida / Recomendado por Pedro Rojas (@seniormanager).

                          El Alquimista de Paulo Coelho, porque a menudo nos pasa que pasamos mucho tiempo buscando un tesoro y no nos damos cuenta que lo tenemos cerca. Vivimos de la inconformidad / Recomendado porGisela Altagracia. También recomendado por Fernando Rodríguez de Rivera (@fernandorrivera / No es el que más me ha gustado de toda mi vida, pero sí que me ayudó a echarle un par de narices a la vida en un momento que tenía que tomar una decisión), por María Luisa Moreno (@zumodeempleo / que leí en un momento en que me tocó profundamente y me hizo ver la importancia de la búsqueda de tu destino, de tu pasión).

                          Las aventuras de Tintín yo fui lector empedernido de ellos y sólo por los bien documentados que están y por lo entretenidos que son, merecen la pena para niños y adultos / Recomendado por Oliver Serrano(@oliverserrano).

                          La Buena Suerte de Fernando Trías de Bes y Alex Rovira Celma, porque te hace entender que la Buena Suerte existe y dura siempre si eres capaz de creártela / Recomendado por José Ignacio Santaolalla.

                          Los otros de Alice Ferney porque nos muestra de una forma magistral que las personas y sus comportamientos son imprevisibles y eso hace que a veces no conozcamos también como creemos a los demás / Recomendado por Juan Martínez de Salinas (@juanmartinez).

                          El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. Cuando el protagonista toma como lema vital que lo único que vale la pena en la vida es la satisfacción de los sentidos comienza a actuar como un dandi, con hedonismo, libertinaje y perversión. En él no pasan los años, pero en un retrato de él mismo en un lienzo sí, el cual se va desfigurando y envejeciendo con patéticas formas. La descripción de ese personaje te envuelve. A todos nos gustaría ser Dorian Gray en algún momento. Sin embargo, las consecuencias de ese estilo de vida se pagan. Moraleja: sentido estético de la vida sí, pero con moderación y sin dañar al resto / Recomendado por Ignacio Muñoz (@ignacionacho).

                          El Manual de Epícteto de Frigia, porque recoge una enseñanzas espectaculares para ser feliz en la vida / Recomendado por Eugenio de Andrés (@rrhhypersonas).

                          Siddartha de Herman Hesse. Es una novela que relata la búsqueda de un hombre para alcanzar la sabiduría. Yo aprendí y disfruté leyendo ese libro / Recomendado por Paz Garde (@pazgarde).

                          Por qué somos como somos de Eduardo Punset / Recomendado por Javier Rodríguez Albuquerque.

                          La columna de hierro de Taylor Caldwell. Una novela inspirada en Cicerón que aporta una interesante visión sobre la política, la guerra y la religión en el imperio romano. Al principio es algo espesita, es cierto, pero la cosa se va animando después / Recomendado por Germán Gijón.

                          Tus zonas erróneas del Dr. Wayne W. Dyer; porque pienso que para vivir una vida más plena hay que conocerse primero e intentar mejorar cada día. Solo así puedes ser útil a los demás. Lo recomiendo como libro de cabecera / Recomendado por Katy Sánchez.

                          Loca de Amor de Catherine Hermary-Vieille. Acercándose a la historia de Juana de Castilla, viuda de Felipe el Hermoso, he sido capaz de saborear la realidad de un tiempo pasado que puede estar muy presente / Recomendado por MaS.

                          Territorio Comanche de Pérez Reverte. Me gustó y me marcó mucho en su momento / Recomendado por Carlos Vegas.

                          Organízate con eficacia de David Allen. A mí me salvó la vida en un momento dado / Recomendado por José Miguel Bolívar (@optimainfinito).

                          Martes con mi viejo profesor de Mitch Albom, por el optimismo que tiene / Recomendado por Pedro Medina (@pedropedja).

                          La meta de Eliyahu M. Goldratt; Los secretos de una mente millonaria de T. Harv Eker; Madera de líder, de Mario Alonso Puig; Ganar al poder, de José Luis Sanchís, Marcos Magaña y Alex Sanmartin… Los motivos, todos me hacen pensar, replantearme cosas y seguir creciendo / Recomendados por Begoña Gozalbes (@bego_zalbes).

                          Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza porque siempre logra sacarme una sonrisa. Cualquier obra del gran Oscar Wilde, de una profundidad e ingenio singulares; El libro de las ilusiones, de Paul Auster, que te engancha y sucumbes a la historia / Recomendados por María Luisa Moreno (@zumodeempleo).

                          Drácula de Bram Stoker; la trilogía del Señor de los Anillos de Tolkien; y Millenium de Stieg Larsson. También Walden Dos me parece una novela muy didáctica, una comunidad que muestra una forma diferente de vivir en sociedad / Recomendados por Alfonso Alcántara (@yoriento).


                          1984 de George Orwell. Paradójicamente cuantas más libertades tenemos más nos acercamos a la historia de este libro. Sin que apenas nos demos cuenta, la sociedad española va dejando cada vez más espacios al poder de los gobiernos. Y estos saben aprovecharlos bien para ejercer su control sobre nosotros / Recomendado por Alberto Blanco (@alberto_blanco).


                          * Mis recomendaciones del año las hice hace tiempo en el post: ¿Qué te apetece leer?





                          Leer más...

                          El collar de perlas - William Somerset Maugham






                          Yo estaba predispuesto a sentir antipatía por el señor Kelada aun sin haberlo conocido. La guerra acababa de terminar y el tráfico de pasajeros en las líneas oceánicas era intenso. Era difícil encontrar lugar y había que tomar lo que ofrecieran los agentes. No se podía esperar un camarote para uno solo, y yo agradecía el mío con sólo dos camas. Pero cuando escuché el nombre de mi compañero mi corazón se hundió. Sugirió puertas cerradas y la exclusión total del aire nocturno. Ya era bastante malo compartir un camarote por catorce días con cualquiera (yo viajaba de San Francisco a Yokohama), pero habría sido menos mi consternación si el nombre de mi compañero de cuarto hubiera sido Smith o Brown.

                          Cuando subí a bordo ya se encontraba ahí el equipaje del señor Kelada. No me gustó su aspecto, había demasiadas etiquetas en las valijas y el baúl de ropa era demasiado grande. Había desempacado sus objetos para el baño y observé el excelente Monsieur Coty; porque en el lavabo estaba su perfume, su jabón para el pelo y su brillantina.

                          Los cepillos del señor Kelada, ébano con su monograma en oro, habrían estado mejor para una friega. El señor Kelada no me gustaba en absoluto. Fui al salón fumador. Pedí un paquete de cartas y empecé a jugar paciencia.

                          Apenas había empezado cuando un hombre vino y me preguntó si no se equivocaba al pensar que mi nombre era tal y tal.

                          -Yo soy Kelada -añadió con una sonrisa que dejaba ver una fila de dientes brillantes, y se sentó.

                          -Oh, sí, compartimos un camarote, creo.

                          -Eso es suerte, diría yo. Uno nunca sabe con quién lo van a poner, me alegré cuando supe que usted era inglés. Soy partidario de que nosotros los ingleses nos congreguemos cuando estamos en el extranjero, usted me entiende.

                          Parpadeé.

                          -¿Es usted inglés? -pregunté, quizá con falta de tacto.

                          -Bastante. ¿Usted no creerá que soy estadounidense, o sí? Británico hasta la médula, eso es lo que soy.

                          Para probarlo, el señor Kelada sacó su pasaporte del bolsillo y lo desplegó bajo mi nariz.

                          El rey Jorge tiene muchos súbditos extraños. El señor Kelada era bajo y de complexión robusta, bien afeitado y de piel oscura, con una nariz carnosa y ganchuda y ojos grandes y brillantes. Su cabello era negro y levemente rizado. Hablaba con una fluidez en la que no había nada inglés y sus gestos eran exuberantes. Estuve seguro de que una inspección más detenida a su pasaporte habría traicionado el hecho de que el señor Kelada hubiera nacido bajo el cielo azul que suele verse en Inglaterra.

                          -¿Qué toma usted? -me preguntó.

                          Lo mire con vacilación. La prohibición estaba en vigor y todo indicaba que el barco estaba seco. Cuando no estoy sediento no sé que me desagrada más, si el ginger ale o el refresco de limón. Pero el señor Kelada me dirigió una brillante sonrisa oriental.

                          -Whisky con soda o un martini seco, usted solo tiene que decirlo.

                          Sacó un frasco de cada uno de sus bolsillos y los puso en la mesa ante mí. Escogí el martini, y llamando al camarero ordenó una jarra de hielo y un par de vasos.

                          -Muy buen coctel -dije yo.

                          -Bueno, hay muchos más en el lugar de donde vino éste, y si tiene amigos a bordo, dígales que tiene un camarada que posee todo el licor del mundo.

                          El señor Kelada era platicador. Habló de Nueva York y de San Francisco. Discutió obras de teatro, películas y política. Era patriótico. La bandera inglesa es un buen paño, pero cuando es ondeada por un el señor de Alejandría o Beirut, no puedo evitar sentir que de algún modo pierde algo de su dignidad. El señor Kelada era familiar. No deseo darme aires, pero no puedo evitar sentir que lo apropiado para un extraño total es poner “señor” antes de mi nombre cuando se dirige a mí. El señor Kelada, sin duda para que yo me sintiera cómodo, no empleaba tal formalidad. No me gustaba el señor Kelada. Yo había hecho a un lado las cartas cuando se sentó, pero ahora, pensando que para esta primera ocasión nuestra plática ya había durado bastante, seguí con mi juego.

                          -El tres sobre el cuatro -dijo el señor Kelada.

                          No hay nada más exasperante cuando usted está jugando paciencia que le digan dónde poner la carta que ha volteado antes de que la haya visto usted mismo.

                          -Está saliendo, está saliendo -gritó él-. El diez sobre la jota.

                          Furioso, di por terminado el solitario.

                          Entonces él tomó el paquete.

                          -¿Le gustan los juegos de cartas?

                          -No, odio los juegos de cartas -contesté.

                          -Sólo le mostraré este.

                          Me mostró tres. Entonces dije que bajaría al salón comedor y apartaría lugar a la mesa.

                          -Oh, eso está bien -dijo él-. Ya aparté un lugar para usted. Pensé que como estábamos en el mismo cuarto podríamos sentarnos en la misma mesa.

                          Repito que no me era simpático el señor Kelada.

                          No sólo compartía un camarote con él y comía con él tres comidas al día, sino que no podía caminar por el puente sin su compañía. Era imposible desairarlo. A él nunca se le ocurriría que no fuera deseado. Estaba seguro de que usted sería tan feliz de verlo como él a usted. En su propia casa usted lo habría sacado a patadas y cerrado la puerta en su cara sin que él tuviera la sospecha de que no era un visitante bienvenido. Era bueno para relacionarse y en tres días conocía a todos a bordo. Manejaba todo. Manejaba las loterías, conducía las subastas, recogía el dinero para los premios a los deportes, entregaba fichas y dirigía los juegos de golf, organizaba el concierto y el baile de trajes típicos. Estaba en todas partes siempre. Con certeza, era el hombre más odiado en el mundo. Lo llamábamos el señor sabelotodo, incluso en su cara. Lo tomaba como un halago. Pero era en las comidas cuando resultaba más intolerable. La mayor parte de una hora nos tenía a su merced. Era entusiasta, jovial, locuaz y argumentativo. Sabía todo mejor que cualquiera, y era una afrenta a su sobresaliente vanidad que usted estuviera en desacuerdo con él. No soltaría un tema, sin importar qué poco importante fuera, hasta que lo hubiera llevado a su propia forma de pensar. Nunca se le ocurrió la posibilidad de estar equivocado. Era el tipo que sabía.
                          Nos sentamos ante la mesa del doctor. El señor Kelada impondría su estilo, porque el doctor era perezoso y yo era un indiferente total, excepto por un hombre llamado Ramsay que también se sentó ahí. Era tan dogmático como el señor Kelada y resentía amargamente la arrogancia levantina. Las discusiones que tuvieron fueron encendidas e interminables. Ramsay estaba en el servicio consular estadounidense y radicado en Kobe. Era un gran tipo corpulento del medio oeste, con grasa suelta debajo de una piel apretada, y se desbordaba en su ropa de almacén. Regresaba a su puesto, luego de recoger a su mujer en Nueva York que había pasado un año ahí.La señora Ramsay tenía su gracia, con formas agradables y sentido del humor. El servicio consular es mal pagado, y ella se vestía muy sencillo, pero sabía cómo portar su ropa. Lograba un efecto de serena distinción. No le habría prestado ninguna atención especial, pero ella poseía una cualidad que puede ser bastante común entre las mujeres, pero actualmente no es común en su apariencia. En ella brillaba como una flor en un frac.

                          Una noche en la cena la conversación derivó por suerte sobre el tema de las perlas. En los periódicos habían aparecido muchas notas sobre las perlas cultivadas que estaban fabricando los astutos japoneses, y el doctor señaló que éstas disminuirían el valor de las verdaderas inevitablemente. Ya eran muy buenas y pronto serían perfectas. El señor Kelada, como era su costumbre, se arrojó sobre el nuevo tema. Nos dijo todo lo que había que saber sobre las perlas. Yo no pensé que Ramsay supiera nada sobre ellas en absoluto, pero no pudo resistirse a tener un choque con el levantino, y en cinco minutos estábamos en medio de una discusión acalorada. Antes había visto a Kelada vehemente y voluble, pero nunca tan vehemente y voluble como ahora. Al fin, algo que dijo Ramsay lo prendió, porque dio un puñetazo en la mesa y gritó.

                          -Bueno, yo debo saber de lo que hablo, voy a Japón para ver este asunto de las perlas japonesas. Estoy en el negocio y no existe un hombre que les diga que lo que yo digo sobre las perlas es falso. Conozco las mejores perlas del mundo, y lo que yo no sepa de perlas no vale la pena saberlo.

                          Esto era una noticia para nosotros, porque el señor Kelada, con toda su locuacidad, no había dicho a nadie cuál era su negocio. Sabíamos vagamente que iba a Japón para alguna diligencia comercial. Miró alrededor de la mesa en forma triunfal.

                          -Nunca serán capaces de hacer una perla cultivada que un experto como yo no pueda detectar con medio ojo -señaló el collar que llevaba la señora Ramsay-. Puede creerme, señora Ramsay, ese collar que usted lleva nunca valdrá un centavo menos que ahora.

                          La señora Ramsay se ruborizó con modestia y deslizó el collar dentro de su vestido. Ramsay se aproximó. Nos miró mientras asomaba una sonrisa en sus ojos.

                          -Es un bonito collar el de la señora Ramsay. ¿No es así?

                          -Lo percibí de inmediato -contestó el señor Kelada- y, me dije: "No cabe duda: son perlas legítimas".

                          -No las compré yo mismo, claro está. Me interesaría saber cuánto piensa usted que cuestan.

                          -Oh, en el comercio por ahí unos quince mil dólares. Pero si se compró en la Quinta Avenida no me sorprendería que se hubieran pagado hasta treinta mil dólares.

                          Ramsay sonrió secamente.

                          -Sin duda le sorprendería saber que la señora Ramsay compró ese collar, la víspera de nuestra salida de Nueva York, por dieciocho dólares en uno de los grandes almacenes de la ciudad.

                          El señor Kelada enrojeció.

                          -Nada de eso. No sólo es legítimo, sino es un collar tan bueno por su tamaño como nunca he visto.

                          -¿Apostaría por eso? Le apuesto cien dólares a que es imitación.

                          -De acuerdo.

                          -Oh, Ulmeh, no puedes apostar sobre un hecho cierto -dijo la señora Ramsay.

                          Ella tenía una sonrisa gentil en los labios y un tono suavemente desaprobatorio.

                          -¿No puedo? Si tengo la oportunidad de obtener dinero así de fácil sería un gran tonto si no lo tomara.

                          -¿Pero cómo puede probarse? -añadió ella-. Sólo es mi palabra contra la del señor Kelada.

                          -Déjeme mirar el collar, y si es una imitación se lo diré de inmediato. Puedo permitirme perder cien dólares -dijo el señor Kelada.

                          -Quítatelo, querida. Deja que el caballero lo mire tanto como quiera.

                          La señora Ramsay dudó un momento. Llevó sus manos al broche.

                          -No puedo quitármelo -dijo-. El señor Kelada tendrá que dar por buena mi palabra.

                          Tuve una súbita sospecha de que iba a ocurrir algo desafortunado, pero no se me ocurrió nada qué decir.

                          Ramsay brincó.

                          -Yo lo desataré.

                          Le entregó el collar al señor Kelada. El levantino sacó una lupa de su bolsillo y lo examinó detenidamente. Una sonrisa de triunfo se extendió en su suave cara morena. Regresó el collar. Estaba a punto de hablar. De repente observó el rostro de la señora Ramsay. Estaba tan blanca que parecía a punto de desmayarse. Lo miraba con ojos muy abiertos y una expresión de terror. Parecía una súplica desesperada; era tan claro que me pregunté por qué su marido no lo veía.

                          El señor Kelada se detuvo con la boca abierta. Se ruborizó profundamente. Usted casi podía ver el esfuerzo que hacía para vencer su convicción.

                          -Me equivoqué -dijo-. Es una muy buena imitación, pero claro, tan pronto como lo vi bajo mi lupa me di cuenta que no era real. Creo que dieciocho dólares es lo más que podría darse por esa bagatela.

                          Sacó del bolsillo un billete de cien dólares. Se lo entregó a Ramsay sin decir palabra.

                          -Tal vez eso le enseñe a no ser tan obcecado la próxima vez, mi joven amigo -dijo Ramsay al tomar el billete.

                          Percibí un temblor en las manos del señor Kelada.

                          La historia se esparció por el barco como hacen las historias, y tuvo que soportar muchas bromas esa noche. Se consideraba todo un triunfo haberlo vencido en algo. Pero la señoraRamsay se retiró a su cuarto con un fuerte dolor de cabeza.

                          Por la mañana me levanté y empecé a rasurarme. El señor Kelada yacía en su cama fumando un cigarro. De repente escuché el pequeño sonido de un roce y vi una carta que empujaban por debajo de la puerta. Abrí la puerta y miré. No había nadie. Levanté la carta y vi que estaba dirigida a Max Kelada. Estaba escrita en letras negras. Se la entregué.

                          -¿De quién será? -preguntó al abrirlo-.¡Oh! -exclamó, sacando del sobre no una carta sino un billete de cien dólares. Me miró y se ruborizó. Rompió el sobre y me dijo entregándomelo:

                          -¿Podría arrojarlos por la ventanilla?

                          Así lo hice, y entonces observé una velada sonrisa.

                          -A nadie le gusta que lo vean como un perfecto idiota -dijo.

                          -Entonces, ¿las perlas eran legítimas? - le pregunté.

                          -Si yo tuviera una esposa joven y bonita, como esa, no la dejaría pasar un año en Nueva York mientras yo estuviera en Kobe -dijo él.

                          En ese momento no me fue tan antipático del todo el señor Kelada. Sacó su cartera y puso en ella el billete de cien dólares.
                          FIN

                          ***************

                          William Somerset Maugham - Wikipedia, la enciclopedia libre

                          William Somerset Maugham (París, 25 de enero de 1874 - Niza, 16 de diciembre de 1965) fue novelista, dramaturgo y escritor de cuentos en lengua inglesa. ...
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                          La roca y el mar - Cuentos para el pueblo, García Salve,





                          El mar, hecho ola, golpeaba la roca. La roca, altiva, despreciaba sus golpes.
                          – ¿Por qué te resistes? ¿No ves que me conviertes en espuma?
                          – ¿Y tú por qué me golpeas?
                          – ¿Es que te hago daño?
                          – No, pero me ofendes.

                          Y la roca, con su pétreo orgullo, seguía resistiendo. La ola, a veces la acariciaba, a veces la golpeaba. Y la gaviota la sonreía: “Siempre están con el mismo problema”. Y bajaba volando y se posaba en la roca.

                          – Márchate gaviota, No te apoyes en mí.
                          – Eres como una mujer soberbia. No te molesto estás hecha para los pájaros.
                          – Yo soy sólo para mí.

                          Aquella tarde, la gaviota leyó en un periódico flotando en el agua: “Se va a canalizar la ría”.
                          – Roca, vas a morir.
                          – Yo no muero nunca.
                          – Te quedarás sin agua, sin peces. Sola y reseca como un esqueleto.
                          – Prefiero la sequedad. Prefiero la soledad. Así no me molestará el mar.

                          Y el mar volvía y lo azotaba con mimo. Pero la roca, cada vez más piedra, rompía al mar haciéndolo espuma.
                          Se vieron unas grúas en el puerto. Dragadoras, obreros, moles inmensas de piedra. La gaviota volaba y jugaba con el mar. El mar le entregaba sus peces, los pequeños.

                          – No, pero me ofendes.

                          La gaviota le dijo al mar:
                          – Van a desviarte de camino.
                          – ¿Quiénes?
                          – Los hombres, que van a canalizar la ría.

                          Y el mar lo sintió, porque estaba acostumbrado a la luchar con la roca. Tendría un problema menos y un descanso más. Pero el descanso le aburría.
                          – Déjame en paz, le gritó la roca.
                          – Ten paciencia, vengo a despedirme.
                          – No lo creo. Siempre vienes y vas. Volverás.
                          – No. No podré.
                          – Voy a quedar sola.
                          – Era lo que querías.
                          – Puedo vivir sola.
                          – Nadie puede.

                          Y vinieron los hombres. Y cayeron las piedras. Trabajaron las grúas. El mar no volvió. El mar encontró otro camino y conoció otras rocas. Al principio echaba de menos su roca. Pero debía moverse, encontrar otras rocas.

                          La roca se fue secando. Al principio disfrutaba de paz. Pero su soledad comenzó a aprisionarla. Ya no se posaba la gaviota. La suave humedad iba desapareciendo. Ya no podía llorar. Había quedado sin lágrimas. Las llamaba, pero no venían. Llamó al mar, llamó a la gaviota. Pero no volvieron.

                          Los niños iban a jugar. Colocaban pucheros viejos sobre ella y lanzaban piedras. Unos gamberros tiraron sobre ella un bidón de brea. La roca dejó de ver, dejó de oír. Había muerto.



                          Cuentos para el pueblo, García Salve, Ed. Zero, Madrid, 1971.



                          Francisco García Salve - Wikipedia, la enciclopedia libre


                          Francisco García Salve conocido popularmente como Paco el cura. (Farlete, provincia de Zaragoza 20 de noviembre de 1930) fue un sacerdote y sindicalista ...
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                          Poquita cosa - Anton Chejov

                          Poquita cosa - Anton Chejov


                          Hace unos día invité a Yulia Vasilievna, la institutriz de mis hijos, a que pasara a mi despacho. Teníamos que ajustar cuentas.
                          -Siéntese, Yulia Vasilievna -le dije-. Arreglemos nuestras cuentas. A usted seguramente le hará falta dinero, pero es usted tan ceremoniosa que no lo pedirá por sí misma... Veamos... Nos habíamos puesto de acuerdo en treinta rublos por mes...
                          -En cuarenta...

                          -No. En treinta... Lo tengo apuntado. Siempre le he pagado a las institutrices treinta rublos... Veamos... Ha estado usted con nosotros dos meses...

                          -Dos meses y cinco días...

                          -Dos meses redondos. Lo tengo apuntado. Le corresponden por lo tanto sesenta rublos... Pero hay que descontarle nueve domingos... pues los domingos usted no le ha dado clase a Kolia, sólo ha paseado... más tres días de fiesta...
                          A Yulia Vasilievna se le encendió el rostro y se puso a tironear el volante de su vestido, pero... ¡ni palabra!

                          -Tres días de fiesta... Por consiguiente descontamos doce rublos... Durante cuatro días Kolia estuvo enfermo y no tuvo clases... usted se las dio sólo a Varia... Hubo tres días que usted anduvo con dolor de muela y mi esposa le permitió descansar después de la comida... Doce y siete suman diecinueve. Al descontarlos queda un saldo de... hum... de cuarenta y un rublos... ¿no es cierto?
                          El ojo izquierdo de Yulia Vasilievna enrojeció y lo vi empañado de humedad. Su mentón se estremeció. Rompió a toser nerviosamente, se sonó la nariz, pero... ¡ni palabra!

                          -En víspera de Año Nuevo usted rompió una taza de té con platito. Descontamos dos rublos... Claro que la taza vale más... es una reliquia de la familia... pero ¡que Dios la perdone! ¡Hemos perdido tanto ya! Además, debido a su falta de atención, Kolia se subió a un árbol y se desgarró la chaquetita... Le descontamos diez... También por su descuido, la camarera le robó a Varia los botines... Usted es quien debe vigilarlo todo. Usted recibe sueldo... Así que le descontamos cinco más... El diez de enero usted tomó prestados diez rublos.

                          -No los tomé -musitó Yulia Vasilievna.

                          -¡Pero si lo tengo apuntado!

                          -Bueno, sea así, está bien.

                          -A cuarenta y uno le restamos veintisiete, nos queda un saldo de catorce...
                          Sus dos ojos se le llenaron de lágrimas...
                          Sobre la naricita larga, bonita, aparecieron gotas de sudor. ¡Pobre muchacha!

                          -Sólo una vez tomé -dijo con voz trémula-... le pedí prestados a su esposa tres rublos... Nunca más lo hice...

                          -¿Qué me dice? ¡Y yo que no los tenía apuntados! A catorce le restamos tres y nos queda un saldo de once... ¡He aquí su dinero, muchacha! Tres... tres... uno y uno... ¡sírvase!
                          Y le tendí once rublos... Ella los cogió con dedos temblorosos y se los metió en el bolsillo.

                          -Merci -murmuró.
                          Yo pegué un salto y me eché a caminar por el cuarto. No podía contener mi indignación.

                          -¿Por qué me da las gracias? -le pregunté.

                          -Por el dinero.

                          -¡Pero si la he desplumado! ¡Demonios! ¡La he asaltado! ¡La he robado! ¿Por qué merci?

                          -En otros sitios ni siquiera me daban...

                          -¿No le daban? ¡Pues no es extraño! Yo he bromeado con usted... le he dado una cruel lección... ¡Le daré sus ochenta rublos enteritos! ¡Ahí están preparados en un sobre para usted! ¿Pero es que se puede ser tan tímida? ¿Por qué no protesta usted? ¿Por qué calla? ¿Es que se puede vivir en este mundo sin mostrar los dientes? ¿Es que se puede ser tan poquita cosa?
                          Ella sonrió débilmente y en su rostro leí: "¡Se puede!"
                          Le pedí disculpas por la cruel lección y le entregué, para su gran asombro, los ochenta rublos. Tímidamente balbuceó su merci y salió... La seguí con la mirada y pensé: ¡Qué fácil es en este mundo ser fuerte!
                          FIN


                          Poquita cosa[Cuento. Texto completo]
                          Anton Chejov









                          Antón Chéjov - Wikipedia, la enciclopedia libre


                          Antón Pávlovich Chéjov (en ruso Антон Павлович Чехов), (* Taganrog, 17 de enero/ 29 de enero de 1860 - Badenweiler (Alemania), 2 de julio/ 15 de julio de ...
                          es.wikipedia.org/wiki/Antón_Chéjov - En caché - Similares
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